martes, 22 de enero de 2019

El baloncesto y yo.


Cursaba 6º de E.G.B. cuando empezó a llamarme poderosamente la atención el baloncesto. Durante un recreo, vi aquel juego al que jugaban unos niños que tiraban un balón de tres colores muy llamativos a un aro de metal. Parecía divertido, bastante más que esperar a que te dejasen jugar en el campo de fútbol, ocupado por los “figurillas” de turno, que hacían y deshacían equipos a su antojo, con la autoridad implícita que les concedía la popularidad.
Comencé a jugar con ellos y enseguida me di cuenta que aquello me gustaba. Tanto que me apunté al equipo del colegio. Entrenábamos todos los martes y jueves y lo pasábamos en grande, pero empezaron los partidos y la cosa cambió. Aunque se me daba bien encestar, el hecho de que no fuese el hijo del amigo del entrenador, me relegó al banquillo de manera inmediata, dejándome jugar uno o dos minutos por partido. Acabó la temporada (20 partidos), y yo había salido a jugar en cuatro ocasiones.

El hecho en sí, fue tremendamente revelador. Había descubierto un deporte diferente, pero me había dado cuenta que estaban haciendo con él, lo mismo que con el maldito fútbol, especular, corromper, traficar con influencias, y tirar por tierra las ilusiones de niños. Los niños quieren jugar para pasarlo bien, y eso es incuestionable. Si los niños no juegan, su confianza se resiente tanto en el ámbito deportivo como en el personal. Mi carrera se había ido al garete antes de ni siquiera comenzar. Mi odio por el deporte base y la putrefacta idiosincrasia que le rodea, acababa d echar raíces. Aclarar de todas maneras, que yo ya era un niño muy poco usual, en cuanto a mente se refiere, antes de que se sucedieran éstos acontecimientos.

Durante unos años me dediqué a otras suertes como Karate, Flauta, y demás chorradas a las que te apuntan tus padres para no tenerte en casa. Incluso el primer año de instituto jugué al Voleibol, pero no había nada que me llenara especialmente.

Discurría el año 1991 y era complicado saber lo que pasaba al otro lado del charco, pues no había ni móviles, y apenas había 5 cadenas de televisión, las cuales al ser de reciente creación, se centraban en captar espectadores a base de programación sensacionalista, mujeres ligeras de ropa, y el maldito fútbol. Pero una mañana de sábado, algo cambió. Me levanté antes que mis padres y me fui al salón a ver la televisión, y al poner la 2ª cadena de TVE, pasó algo parecido a cuando a un religioso se le aparece la virgen (sólo que yo no iba drogado), una imagen de Michael Jordan pegando un salto tremendo y machacando por encima de dos defensores, apareció de pronto llenando la pantalla, y haciendo que la adrenalina fluyera por mi cuerpo como nunca antes lo había hecho. Bueno, quizás cuando lo de Sabrina y la teta, pero eso es otra historia. Era un Bulls – Knicks de liga regular en el 2º cuarto, vi el partido entero, absorto totalmente en intentar asimilar aquella maravilla de la creación que estaba contemplando. Un juego plásticamente espectacular, lleno de movimientos espectaculares totalmente diferente a todo lo que había visto.
Aquel día marcó un antes y un después en mi mente. Había algo por descubrir y me encantaba, en definitiva, había esperanza. Mi vida personal había dado un vuelco enorme, en cuanto a motivaciones se refiere, y por aquel entonces, ver cosas de la Nba ya era lo único que me preocupaba a diario.

Recuperé total y absolutamente las ganas de jugar al baloncesto. Mi única preocupación diaria era jugar partidos y averiguar más cosas de aquel deporte y todo lo que le rodeaba, para colmo, se avecinaba un acontecimiento que me iba a proporcionar muchísima información de calidad, los juegos olímpicos. La creación de la primera selección estadounidense, íntegramente formada por jugadores profesionales de la Nba, iba a ser determinante para mí.
Grabé todos los partidos del “Dream Team” en mi antiguo vídeo vhs y visioné las cintas una y otra vez, hasta que prácticamente me sabía lo que decían los comentaristas en cada momento. Fui almacenando información, como si de un disco duro se tratase, y la intentaba utilizar en beneficio propio en la pista. Quería defender como Pippen, tirar como Mullin, dominar el tablero como Robinson, tener la elegancia de movimientos de Jordan, y sobre todo, ser como Charles Barkley. Aunque mi jugador favorito era David Robinson, me sentía totalmente identificado con Sir Charles Barkley, puesto que nunca fui muy alto, pero siempre tuve un gran salto que me hacía ser un buen reboteador y sobre todo, un notable taponador. Intimidar era lo mío, es lo que tiene ser de un barrio obrero conflictivo, que lo del carácter, o lo llevas de serie, o duras poco.

Por aquel entonces jugábamos en la pista del barrio, la mítica cancha del instituto Feijoo, en la que nos reuníamos para jugar, una buena cuadrilla de gente. Había personajes de todo tipo, pero lo importante era que todos lo pasábamos bien jugando. Horas y más horas intentando emular a mis héroes del Dream Team.

El tiempo transcurrió y a base de jugar, fui adquiriendo cierto nivel, que no pasó desapercibido para nadie. No es que fuera un superclase, pero tenía varias buenas virtudes. Con 1.80m y buena velocidad, mi capacidad de salto me hacía un penetrador difícil de defender, y aunque no me prodigaba mucho en la larga distancia, tenía un tiro, más que aceptable. La mejor de mis condiciones, era una de las que hoy en día escasean, la defensa. Yo no me desvivía por intentar anotar 30 puntos, pero cada vez que robaba un balón o ponía un tapón, era feliz. El tema de los tapones llegó a obsesionarme tanto, que perfeccioné mi tempo de salto hasta lograr muy buenos resultados.

Estaba claro, no era un base titular, pero tenía cabida como suplente en cualquier equipo de nivel medio. Alentado por mi amigo Monchu, me acerqué al pabellón del barrio, el día que hacían las pruebas para el equipo local. Casi todos eran conocidos del colegio e instituto, y antes de que llegase el entrenador, se encargaron uno por uno, de decirme que no tenía nada que hacer, que iban a escoger a los que llevaban tiempo jugando allí, y que mejor me iba a casa. Volvían los fantasmas del pasado en forma de mafia deportiva, solo que ésta vez la cosa cambiaba, yo ya no era un crío y estaba convencido de mis capacidades, así que soporté los improperios y esperé a que llegase el entrenador.

Nos presentamos unos 20 chicos para 12 plazas, lo cual me esperanzaba bastante, teniendo en cuenta que con el que mejor me llevaba, era el base titular, y eso podía serme de ayuda. Los primeros 4 días de entrenamiento se basaron en hacernos correr durante media hora aproximadamente. Sólo había un chico que me ganaba, el resto llegaban unos 4 minutos detrás de mí el más rápido, la cosa iba de viento en popa. La cosa empeoró un poco cuando empezamos a ir a la pista. Por muy en forma que estuviese y mucha motivación que tuviera, había algo para lo que no estaba preparado, los sistemas de entrenamiento. Al no haber jugado nunca en serio, los ejercicios con balón me resultaban muy difíciles, me perdía en los movimientos, no le pasaba a quien le tenía que pasar, no me ponía en la fila en la que me tenía que poner, y en los trenzados, poco menos que me chocaba con mis compañeros. El primer día de pista fue desesperante. Tener por compañeros a 19 buitres de 16 años, ávidos de hacerse con los 12 puestos disponibles, implicaba no recibir ayuda de ningún tipo, en vez de eso, risas e insultos para evidenciarme por doquier.

El cuarto o quinto día, de la que me acercaba caminando hacia el pabellón, la idea de irme a casa y no aparecer más por el equipo me llevaba rondando todo el día, así que decidí hacerlo. Mientras volvía a casa, paré en los recreativos y encontré a mi amigo Monchu, que me preguntó, que qué tal me iba en las pruebas. Al explicarle mi problema, en vez de compadecerme, soltó una sonora carcajada que le duró un buen rato. ¡Bienvenido a mi mundo! Me dijo. Eres un jugador de la calle, aprendiste en la calle y siempre has jugado en la calle, tu manera de pensar es pasarlo bien jugando, y en los equipos se juega para ganar, no para pasarlo bien. De todas maneras, -¿Habéis jugado algún partidillo entrenando? -No, le respondí, -hoy viernes tenemos una pequeña sesión de tiro y luego partido. – Vete y juega como sabes, si vales, ya se esforzarán por que aprendas los sistemas, y si no vales, por lo menos lo has intentado. Las palabras de mi amigo me convencieron y corrí hacia el pabellón, llegué tarde y me incorporé a las ruedas de tiro. Mis fallos y meteduras de pata o las burlas de los compañeros, no consiguieron borrarme la sonrisa, pues tenía un as en la manga. Hoy íbamos a Jugar cara a cara y se iba a ver quién sabe jugar a esto.
Llegué al pabellón agitadísimo, después de haberme cruzado todo el barrio corriendo, embargado por una ilusión que hacía fluir la adrenalina en mí como nunca había sentido. Jugar aquel partido y conseguir convencer al entrenador de que merecía un sitio en el equipo, era el reto más importante al que me había enfrentado en mi corta vida. Cualquiera de mis aspiraciones de convertirme en un jugador, necesitaban de aquel equipo para convertirse en realidad, pues era la única conexión del barrio con el exterior, baloncestísticamente hablando.

Fui al vestuario y me coloqué en lo que yo denomino “la esquina discreta”. Según mi estudio sociológico de vestuarios (que algún día publicaré), las posiciones intermedias las ocupan los que normalmente quieren llamar la atención y no se cortan en gritar y derrochar confianza antes de salir a pista. Las esquinas son para los que necesitan concentración, y yo era uno de esos. Me vestí tranquilamente, ajustándome cada pieza de ropa como si de su perfecta colocación dependiera el acierto de mis movimientos. Al igual que un Gladiador esperando en la jaula antes de medirse a los leones, me coloqué perfectamente todo mi equipo, mientras observaba al resto de candidatos, con una mirada desafiante que hacía de escudo al miedo que comenzaba a invadirme y que hacía que mis piernas temblaran ligeramente. No podía permitirlo, yo merecía aquello, tanto o más que cualquiera de aquellos fanfarrones prepotentes y no debía tener fisuras emocionales que afectaran a mi rendimiento. Apreté con fuerza los cordones de mis Jordan, los mismos Jordan que me habían costado tanto tiempo conseguir, que no me los ponía por la calle por miedo a desgastarlos.

Al fondo, otros dos aspirantes nuevos, hacían méritos para intentar caerles bien a los más populares del grupo, que les animaban a tener esperanzas para por detrás, reírse de ellos. No sería yo quien les advirtiera, pues creo firmemente en que la gente debe espabilar por ella misma en cuanto a estos temas se refiere. Llevaba mucho tiempo luchando contra los grupitos de “populares” en el colegio y había salido adelante sin apoyo alguno. El barrio de La Calzada es así. Por fin salimos de aquel tenso ambiente de vestuario con olor a humedad y nerviosismo y enfocamos el túnel de vestuarios. El túnel era largo y estrecho, el momento de salir a pista se me estaba haciendo eterno, pero al final del túnel esperaba una inesperada sorpresa que podía dar un giro inesperado a los acontecimientos.

Por fin recorrimos el angosto pasaje y cual sería nuestra sorpresa cuando comenzamos a oír numerosos aplausos. Levanté la vista hacia las gradas y confirmé mis sospechas, había público, además en un número bastante cuantioso para lo que era el aforo del pabellón. Unas 200 personas se habían dado cita para ver el entrenamiento, y eso suponía un hándicap importante para los jugadores a los que me enfrentaba, y un as en la manga para mí.
Nunca me importó jugar con público, pues si algo bueno tiene jugar en las canchas del barrio es que aprendes a sobreponerte a la presión, porque siempre hay alguien mirando y diciéndote lindezas para ver si pierdes y pueden entrar por ti. En el caso de mis oponentes, la sola idea de jugar mal mientras eran observados, amenazaba tantísimo sus posiciones de poder dentro del equipo y de la sociedad juvenil local, que a alguno le sobrevenían temblores. La presencia de multitud de féminas del instituto era la punta de la lanza que amenazaba con perforar el ego de los “figurillas”. Yo mientras tanto, disfrutaba interiormente.

Comenzamos la rueda de calentamiento habitual y con los primeros tiros a canasta, se comenzaron a oír los primeros aplausos y abucheos de la tarde, la cosa prometía. Yo me centré más en calentar bien, que en meter los tiros, por lo que fui de los primeros “premiados” por el respetable. Mi guerra no era con el público y lo tenía claro. Mientras tanto, al resto se les encogía un poco la muñeca y no jugaban con la confianza habitual.

Después de unos cuantos ejercicios, el entrenador nos reúne y se dispone a distribuirnos por equipos. La alineación no presentó muchas sorpresas, eran los 5 más habituales, contra sus 5 mejores amigos y en cada banquillo, 5 reservas más. Yo formaba parte del banquillo de los menos habituales, pero la posición que iba a ocupar en el campo, era una total incógnita.
Transcurridos 5 minutos de juego, comienzan los cambios en mi equipo y por fin me tocaba salir a pista. Mi misión era jugar de escolta, lo que implicaba defender a un jugador que me sacaba 10 cm y por otro lado, intentar ayudar al temeroso chico que habían puesto de base, que jugaba con auténtico pánico ante la seguridad de su par. Estábamos defendiendo al hombre, así que me pegué a mi defendido como una lapa para evitar que recibiera, pues la diferencia de altura, condicionaba mucho mi defensa en caso de que tuviera el balón. A los 4 minutos, había interceptado dos pases, robado un balón y forzado una personal en ataque del escolta titular del equipo. En ataque me dediqué a circular el balón buscando a mis compañeros y a ponerle bloqueo tras bloqueo a mi base, para que pudiese iniciar jugadas, pues se abalanzaban sobre él, como los lobos cuando huelen la sangre.


Frustrado por mi presión defensiva, el escolta enemigo empezó a gritar pidiendo bloqueos para poder recibir y las ayudas no tardaron en llegar, pero mis tremendas ansias de hacerlo bien, me hacían sortear bloqueos con una facilidad increíble. Consiguió tirar algún tiro exterior, pero siempre con mi mano a escasos centímetros del balón. Frustrado ante los abucheos del público, decidió hacer uso de su superior altura para recibir en el poste y conseguir estrenar su cuenta anotadora, pero era desconocedor de que debajo de mis escasos 180 cm, se escondía el alma de un ala-pívot encerrado en el cuerpo de un base. Recibió el balón al poste, y en un movimiento más que previsible por un defensor exterior curtido, desplazó su pie bueno para intentar rodearme y ganar línea de fondo. Ante su sorpresa no hice movimiento lateral para taparle, pues lo normal es que me pitasen falta, en vez de eso, le deje rodearme, y mientras el realizaba el pivote, me agaché para preparar mi batida de salto de tal manera que cuando elevó el balón hacia el aro, aparecieron dos manos juntas que le impedían el paso y le hundían hacia abajo. El salto lo había hecho más con el corazón que con las piernas, pero el resultado era el mismo, tremendo tapón que acababa con el jugador en el suelo, y con el balón en mis manos. El público lo celebró alocadamente y el jugador pidió el cambio.

Con la confianza reforzada y un nuevo jugador enfrente, que no las tenía todas consigo, intenté completar mi actuación y ataqué el aro un par de veces con entradas sencillas en momentos adecuados. Nada complicado, solo esperar la oportunidad y anotar dos bandejas fáciles. Para colmo, en un cambio defensivo por un bloqueo a mi base, acudo a la ayuda sobre la línea de tres y doy un desesperado salto hacia el tirador, con la convicción casi total de que iba a caer en una finta. Al mismo tiempo, el tirador tenía su propia convicción, y esta era que el defensor no iba a llegar a su tiro. Uno de los dos se equivocó y le coloqué un sonoro tapón, de esos que suenan a bofetada, y que provocó una tremenda exclamación de la grada. En la jugada siguiente, alentado por los acontecimientos, me quedé solo en el triple y a sabiendas de que no era mi fuerte, me decidí a tirar y lo metí. El público me estaba dedicando una sonora ovación cuando fui sustituido.

No volví a salir en la segunda parte, lo que me hizo pensar que probablemente el entrenador quisiera ver jugar a todos, y no le di mayor importancia. No solo no jugué, sino que a la salida del pabellón el segundo entrenador vino a hablar conmigo y me dijo que el entrenador tenía que hacer los descartes lógicos y yo era uno de ellos. Fue una sorpresa muy desagradable, pero no me sentó tan mal como esperaba, pues en el fondo de mi mente, mi deseo de demostrar que yo valía para esto, había sido resarcido. Poco me importaba que no me hubiesen cogido o que el jugador al que defendí fuese el novio de la hermana del entrenador. Las palabras de mi amigo Monchu cobraban más sentido que nunca y me di cuenta de que lo que realmente importaba era divertirse jugando, ya fuera en un pabellón con público o en la destartalada canasta del barrio. Mientras tuviera un balón y amigos, estaba preparado para disfrutar al 100% de lo que este bello deporte me podía ofrecer.
Ninguno de los que jugaron en aquel equipo llegó a nada en el mundo del baloncesto, así que con el tiempo, agradecí al destino el no haberme dado falsas esperanzas a cambio de mantener intacta mi ilusión por el juego.
Aún hoy me junto con amigos y salgo a jugar a la pista del pueblo, con la misma ilusión de aquel niño que recorría el barrio de lado a lado a toda velocidad para llegar el primero a la pista e intentar imitar a sus ídolos tarde tras tarde.

Sé fuerte, para que nadie te derrote.
Sé Noble, para que nadie te humille.
Sé humilde, para que nadie te ofenda.
Pero sigue siendo tú, para que nadie te olvide.